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Cuestión de derecho.

Si tenemos los mismos deberes, ¿por qué no tenemos los mismos derechos? Habiendo situaciones más urgentes que atender, como la violencia de género, la criminalidad y la corrupción, los llamados ‘fundamentalistas’ se enfocan en luchar contra el matrimonio igualitario porque supuestamente “atenta contra la familia tradicional”, entre otras sandeces teocráticas.

Comencemos por recordar el Artículo 2 de nuestra Constitución establece que “habrá completa separación etnre Iglesia y Estado”. Es decir, que aunque los puertorriqueños se crean muy cristianos, pertenecemos a un estado ateo. Por lo mismo, la Biblia no es una fuente de derecho, y no se puede aplicar como criterio jurisprudente a la hora de decidir sobre los derechos de una familia. Sí, aún siendo una familia constituída por padres – o debo decir madres – del mismo sexo, o una familia monoparental, sigue siendo una familia, con los nexos emocionales e implicaciones legales que eso supone.

Me parece absurdo que áun en países caracterizados por ser extremadamente machistas y patriarcales, el género y la orientación sexual no son impedimentos para unirse en matrimonio y en Estados Unidos, un país que se precia de ser una democracia civilizada y cosmopólita, sea esto aún una conversación seria y haya una mentalidad tan cerrada sobre el tema. Para estos países, los homosexuales, lesbianas, bisexuales y transgénero son contribuyentes que rinden dinero a las arcas del estado.

Sin embargo, el argumento más utilizado para defender el ‘Defense of Marriage Act’ (DOMA) es el de “defender la santidad del matrimonio”. ¿Qué tan santa es la institución del matrimonio si la gente se casa y se divorcia por dinero? ¿Qué tan sagrado es el matrimonio si dos de cada tres casamientos terminan en divorcio?

Acá en Puerto Rico el discurso es más hipócrita aún. Los líderes religiosos, que se enriquecen del diezmo de sus feligreses, se oponen a la igualdad de derechos. Quieren tener un monopolio sobre la palabra “matrimonio”. Favorecen a medias que se reconozcan los matrimonios gay como simples “uniones de hecho”.

Me pregunto, ¿por qué Puerto Rico permite que sea un líder religioso el que influya en su modo de pensar y decidir? No estamos lejos de ser una Congregación como aquella de la que tanto nos burlamos, con sus ovejitas siguiendo al pastorcillo. Por último, si las iglesias gozan de exenciones contributivas, es decir, que no tienen los mismos deberes, ¿por qué tienen el descaro de exigir más derechos?

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